Inteligencia emocional

Son los sentimientos quienes mueven el mundo, pero cuando algo nos atemoriza, alguien nos enoja o nos ponemos tristes… no hay razonamiento que valga: la emoción predomina sobre la razón. Pero, una vez asistí a una conferencia en la que expertos en la materia  afirmaban que las emociones se pueden educar. Al igual que nos enseñan cómo se agarra la cuchara, cómo se resuelve una multiplicación o dónde está Oceanía, existe la posibilidad de aprender capacidades que nos permitan reconocer y manejar esas emociones; y en consecuencia, tomar decisiones responsables en la vida.

El aprendizaje emocional es como una póliza de seguro para una vida saludable, positiva y exitosa. De hecho, en el ámbito laboral por ejemplo, vemos que muchas de las aptitudes que un trabajador exitoso necesita son emocionales: autoestima, integridad, sociabilidad, responsabilidad…

Por eso, el estrés o la ansiedad que mucha gente padece se deberían a la falta de recursos personales para afrontar situaciones cotidianas. Pero la pregunta clave es: ¿cómo y dónde se pueden adquirir las habilidades necesarias para hacer frente a las emociones? Está claro que la respuesta no está en someterse a un tratamiento infarto-cerebral. Es algo más sencillo. La escuela y los padres son los pilares que pueden fomentar la educación emocional de los niños, porque el aprendizaje se inicia en los primeros momentos de la vida y prosigue a lo largo de toda la infancia.

Sin embargo, según los expertos, el desarrollo de la dimensión emocional del alumno no está traducido en soportes y en materiales que permitan pasar del discurso a la acción.

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